CUENTOS PREMIADOS

LA PRUEBA DE LOS TRES LIBROS

IRENE MARTÍNEZ
Primer Premio

La anciana reina hizo llamar a sus tres hijas, que acudieron solícitas al lecho de muerte. Junto a ella había una bandeja de plata, con tres libros encima. Cada libro era de un color diferente, con las tapas tachonadas de fina pedrería y una anilla dorada cosida en el lomo. «Hijas mías», comenzó a decir la soberana, «es mi último deseo entregaros estos libros, fruto de mis viajes por todo Oriente en mi remota juventud.»

«Su valor es incalculable, pues cada uno posee cualidades que los hace únicos en el mundo. El de color púrpura está escrito con líneas que desaparecen al ser leídas; por su parte, el de color esmeralda sólo puede leerse a través de las lágrimas de los ojos; y el de color de ámbar hace que las palabras irrumpan en movimiento en cuanto se inicia su lectura.»

Las hijas escuchaban atentas y observaban con curiosidad aquellos extraños tesoros. «Los tres conducen, no obstante, a la misma respuesta; aquella que de vosotras consiga hallarla en el plazo de tres meses, será mi justa heredera», la monarca tosió fatigada, miró con ternura a sus hijas y, cerrando los ojos, expiró.

Las princesas besaron la mano de su difunta madre, cuyo cuerpo fue desapareciendo bajo una nube de médicos y capellanes. El abate de palacio las acompañó a una sala contigua, donde se efectuó un improvisado concejo para la adjudicación de cada libro. Como a la mayor de ellas se le otorgaba el derecho a escoger primero, dio un paso al frente y con porte elegante razonó del siguiente modo: «es obvio que el peor, a todas luces, es el de color púrpura, puesto que retener el contenido de un libro leyéndolo sólo una vez es muy exigente, más aún cuando no sólo hay que leerlo sino comprenderlo; por otra parte, el peor de los menos malos sin duda es el de color esmeralda, ya que al tener que leerlo sometido a la condición del llanto, resulta una tarea más embarazosa que en el caso del último, que pone en movimiento sus palabras, pero al menos están ahí para ser atrapadas y darles el sentido que merecen. Por tanto, yo escogeré el libro de color de ámbar.»

A continuación habló la hija mediana: «hago mías tus cavilaciones, querida hermana mayor, muy necia habría de ser yo para no preferir el segundo mejor de la serie que has propuesto con tanto tino; yo escogeré pues el de color esmeralda, y veré de llevar a cabo el viejo y probado ardid de las cebollas con el fin de despertar en mis ojos las suficientes lágrimas para hallar la resolución a la que apunta el libro.

La hermana pequeña no dijo nada, de manera que le fue entregado el libro de color púrpura, antes de disolverse la asamblea, donde se dejó de manifiesto la voluntad de comunicar, al cabo de los tres meses cumplidos, la enigmática respuesta. El administrador del rey les recordó la existencia de la anilla dorada que los libros llevaban cosida en el lomo; la cual, según recalcó, servía para introducir una cadenilla, también de oro, de tal modo que el libro quedase unido a su dueña durante ese plazo y así evitar un posible e indeseable extravío.

El cómputo de los tres meses comenzó. La hermana mayor amarró la cadenilla con el libro a su cintura, mientras se obstinaba en descifrar unas palabras que, apenas las empezaba a leer, comenzaban a girar y dar vueltas, no podría decirse si en su cabeza o dentro de la propia página. Día tras día culminaba la tarea de leer con fuertes mareos y grandes vértigos, con la esperanza de que, a fuerza de insistir y centrarse en un sólo objetivo, al día siguiente habría de irle mejor. Cuando hubo llegado el tercer mes apenas dormía, no digería los alimentos debido a los mareos, y finalmente alcanzó el término del plazo establecido sin haber conseguido descifrar una sola frase.

La hermana mediana no tuvo mejor fortuna. Trabó la cadenilla de oro a su muñeca, con el fin de que el libro permaneciera a su lado incluso estando dormida. Nada más abrirlo, se encontró con un texto extraordinariamente borroso, como una nube densa que por arte de magia parecía enfocarse al leerse a través de una lágrima. Al principio probó a restregarse cebolla y jengibre en los ojos, y al ver que no conseguía la nitidez necesaria, se lanzó a un llanto tan desbocado que al tercer mes terminó anegada en un mar de hondas melancolías y desesperanzas, sin apenas poder discernir nada de lo que pasaba a su alrededor y mucho menos haber dado con la respuesta requerida.

El caso de la hermana pequeña fue diferente, aunque con el mismo resultado. Dejó el libro de color púrpura en su mesita de noche y se olvidó de él, siguiendo con sus rutinas y diligencias diarias como si no fuera con ella la cosa. El último día, convencida de la dificultad de retener nada de un libro que no podía leerse sino de un tirón, lo tomó y lo llevó consigo, con el fin de devolverlo sin haber abierto una sola página.

Por fin, llegó el día señalado. El administrador de palacio las recibió con honores en la gran sala real, donde se coronaría a la nueva heredera del reino. «Hemos fracasado», confesó la hermana mayor, «ninguna de las tres ha conseguido averiguar la tan anhelada respuesta, por lo que no somos merecedoras de esa corona.»

«Os equivocáis, princesa», repuso el abate, «por lo que sé, disponemos de una única vencedora, y no es otra que vuestra hermana la más pequeña. En realidad, la clave del enigma no residía en la lectura de los libros, es decir, su contenido, sino en la forma, o dicho de mejor modo, en su trato. De hecho, el interior de los libros es del todo inaccesible, nadie en este mundo podría leerlos, y si hubiese alguien que lo hiciese comprobaría que no dicen nada interesante más allá de las meras palabras. La vencedora pues es aquella que haya prescindido de la anilla dorada para encadenarse al libro, convirtiendo su meta en una obsesión y un tormento, todo en aras de un futuro y lujoso reinado. Vuestra madre deseaba encontrar una heredera despreocupada de toda ambición y anhelo de poder, y supuso que no habría otro modo de saberlo que a través de esta prueba de los tres libros.»

 

PEQUÉÑO ÁRBOL

TONI IÑIGUEZ
Segundo Premio

Era un bosque frondoso, pequeño y redondo como un erizo cuando duerme su siesta, situado en la parte más alta de una montaña, donde desde hacía miles de años los abetos crecían fuertes y estirados hacia el cielo. Allí sucedió que una mañana de invierno, en el suelo, uno de ellos despertó de su sueño de semilla.

Durante las últimas semanas, Pequeño Árbol había estado desarrollándose en silencio, sumergido en las profundidades de la tierra caliente,  creciendo y saliendo del suelo con sus diminutas ramitas, empujando la tierra y las piedrecillas hacia arriba, intentando salir al exterior para asomarse a tomar aire fresco, hasta que una tarde por fin lo  logró y pudo sentir y escuchar al hermano viento soplando entre sus agujas  verdes, susurrando aquel hermoso sonido suave que silbaba por todo el bosque.

Si quieres oír a la Tierra cantando un mantra, siéntate muy quieto en silencio y fíjate en cómo suena el viento soplando entre los árboles. Oirás al Universo respirando.

Pequeño Árbol, al salir al exterior pudo sentir por primer a vez el aire fresco a través de su diminuto cuerpo de tronco y savia.

Era la primera vez que tenía aquel estado de conciencia, la primera vez que abandonaba el Sueño de la Naturaleza y despertaba al juego de los sentidos, la primera vez que podía reconocer los sonidos cercanos del bosque y de sus hermanos árboles, reconocer la luz del día y sus cambios, escuchar los cantos de los pájaros y los ruidos de los animales correteando cerca de ellos.

 Pequeño Árbol estaba feliz. Con este nacimiento, ahora estaba en un nuevo mundo lleno de nuevas sensaciones. A su alrededor notaba la imponente presencia de otros árboles más grandes y más altos que él. Árboles que llevaban cientos de años en aquel bosque y que apenas se estremecían con las tormentas o con la lluvia gracias a sus robustos y poderosos troncos agarrados al suelo cuando el viento fuerte soplaba en sus copas. Pequeño Árbol los podía escuchar cuando absorbían con sus raíces el alimento y el agua del suelo. Ahora podía descubrir nuevas sensaciones: Nunca hasta ahora había sentido aquellas agradables cosquillas cuando los gorriones se posaban en sus pequeñas ramas doblándolas mientras piaban y se perseguían unos a otros para a continuación salir volando de nuevo. Y esto también le puso feliz. Como cuando en las siguientes semanas descubrió divertido la agradable sensación de sentir a las hormigas correteando arriba y abajo por su pequeño tronco explorando el terreno.

Pero lo que al principio le pareció algo divertido, curiosamente con el paso de los meses se convirtió en algo que consideró molesto. Pequeño Árbol captó algo sus sentidos que lo hizo ponerse triste.

Los pájaros empezaron a pesar mucho. Se posaban más de la cuenta en sus ramas y las doblaban hacia el suelo. Las ardillas buscaban comida entre sus agujas verdes y también le hundían las ramas bajo el peso de su cola. La nieve cuando llegaba el invierno prácticamente lo dejaba  enterrado entre sus copos helados. Y lo peor de todo, lo que a Pequeño Árbol le ponía más triste era notar como todos los arboles más grandes que él le tapaban la luz del sol, no pudiendo disfrutar de sus rayos calientes y luminosos.

Pequeño Árbol empezó a mirar diferente a su alrededor: allí crecían muchos otros árboles rodeándolo muy cerca, arboles mucho más grandes, que le llevaban ventaja, bastante tiempo creciendo, por lo que todavía se puso más nervioso al sentirse rodeado y enterrado entre ellos. Pequeño Árbol quería ver el sol, sentir su calor, crecer ayudado por sus rayos, pero rodeado de aquellos arboles le era imposible recibir la luz. Estaba triste. Era pequeño, diminuto y estaba tapado por muchos otros que antes que él habían subido hacia lo alto.

Una tarde se puso a llorar cuando durante muchas horas, la nieve posada en sus ramas las dobló hasta hacerlo tocar el suelo.

 Estaba molesto por ser tan pequeño, por no tener fuerza y doblarse tan fácilmente, por no poder acceder a la luz del sol. Él también quería ser alto, fuerte y resistente como sus compañeros, por lo que esa misma noche se propuso hacer toda la fuerza de la que fuera capaz empujando la savia de su interior hacia arriba para tensar las puntas de sus ramas y así empujando poder llegar mucho más alto, crecer y subir tan alto como para ver las nubes de cerca. Y eso hizo durante muchas horas de esfuerzo: estirarse, estirarse mucho hacia lo alto.

“Así no. No tienes que hacer fuerza. Deja que la propia savia empuje las puntas de tus hojas para crecer. Tú no tienes que hacer nada, deja a la Naturaleza que haga su trabajo”

Escuchó de pronto Pequeño Árbol en su cabeza resonado con fuerza como una cascada cuando cae sobre el lago.

“¿Quién dijo eso?”, preguntó.

Y como respuesta escuchó una risa grave, profunda y poderosa que le impresionó.

En este bosque todo era paz y silencio, pues la mano del hombre, su prisa y ruidos no habían llegado todavía a acercarse hasta aquí por lo que hasta el más leve murmullo podía ser captado.

“Tienes demasiada prisa por crecer, por llegar, y nosotros somos lentos y vivimos con el tiempo tranquilo de las cosas lentas de la Naturaleza”. La voz había vuelto a hablar.

Quien lo hacía era un abeto de veinte metros de altura y que crecía muy cerca a su lado. Tan cerca que se podía escuchar todo lo que decía.

“No tengas prisa, pequeño, las cosas importantes de esta vida necesitan mucho tiempo para madurar. Tu llegaras un día a ser alto. ¡Yo una vez también fui como tú, debes tener paciencia y esperanza en que conseguirás llegar alto!”

“¡Pero quiero que sea ahora, que sea ya!”

“¿Por qué quieres ser más listo que la Naturaleza?, está bien que durante un tiempo seas pequeño. Ser pequeño te permite tener otras experiencias que te harán aprender. Ahora siendo pequeño puedes ser amigo de las hormigas y hacerte amigo de los pájaros, reconocer su canto y prepararte para cuando seas mayor, dejarles un lugar donde puedan anidar entre tus ramas.”

“Pero yo quiero crecer.”

Abeto Grande se rió profundamente y al hacerlo las raíces se agitaron en el suelo asustando a los topos y haciéndolos salir de su madriguera.

“Deja que las cosas sucedan, deja que la Vida te lleve con su ritmo a donde quiera que tengas que ir. No intentes ser más listo que ella. Ahora no lo entiendes, pero es así”. Busca el equilibrio entre tu propio deseo, y tu misión de vida, lo que la Naturaleza te tiene destinado a ser a su tiempo".

Joven Árbol no estaba conforme con lo que le decía y gritó con fuerza:

“¡Voy a pedir a los gorriones que me sujeten de las puntas de las ramas y salgan volando hacia arriba empujando más fuerte, así quizá pueda crecer unos centímetros!"

“Hazlo si es tu deseo, pero eso tampoco servirá de nada. Incluso tú, pequeño, algún día subirás tan alto que será imposible que nadie te alcance. ¿Entiendes lo que te digo?".

 Y Abeto Grande después de decir esto, se quedó en silencio moviéndose con un crujido de su tronco.

"No, no lo entiendo. Tengo prisa...".

"De acuerdo, que sea como tú quieras"

Y Abeto Grande alto volvió a callar. Sabía que las cosas se ponen en orden a su debido tiempo por lo que no le importó la respuesta de Joven Árbol.

Y así sucedió que este pequeño se pasó semanas, meses, luchando, rebelándose contra lo que no le gustaba, intentando forzar las cosas, doblar la velocidad del tiempo, duplicar su velocidad de crecimiento... Y al tercer año de tanto esfuerzo y lucha y ver que no conseguía nada con todo ello, por fin decidió rendirse, soltar y dejarse llevar a lo que fuera que tuviera que ser.

Y entonces sucedió...

Cuando dejó de empujar hacia el cielo, cuando relajó sus sentidos, cuando aceptó sus circunstancias, ocurrió que el tiempo dejó de tener importancia para él. Dejó de apresurarse y se concentró en aquí y ahora, dejó de querer llegar a ser y por primera vez tuvo la clara visión interior de lo que es ser uno solo con cuerpo y mente, sin división. No estaba dividido entre lo que quería ser y lo que estaba ocurriendo. Y por primera vez desde que salió a la luz del día  de debajo de la tierra supo lo que era sentir paz.

Aquel estado le produjo una gran alegría. Y si hubiera sido un humano alguien le habría dicho que aquello que estaba haciendo se llamaba Meditar, había aprendido a Meditar. Pero en la Naturaleza no le ponen este nombre a ese estado porque allí esto sucede todos los días, aunque ellos, los animales y las plantas no le llamen así.

Árbol Joven vivía en el instante presente y meditaba, vivía conforme a las estaciones y al tiempo y no deseaba otra cosa que lo que estaba sucediendo en ese momento. Su forma de ser se hizo tan flexible como sus ramas, que ahora, con el paso de los años, cada vez comenzaban a ser más gruesas.

Si la familia de ratones decidía coger algo que le pertenecía, a él ya no le importaba, si la nieve lo doblaba ya no le importaba, si el sol se colaba tan sólo por unos segundos y le rozaba con sus rayos para desaparecer a continuación por días, se sentía feliz en ese momento y sólo por ese momento.

Y pasaron varios años más sin que no sucediera otra cosa que el viento soplara despacio, cayera la lluvia y en el suelo brotará la hierba en primavera. Y después de esta estación vino otra y después de esa otra y casi sin que se diera cuenta, Joven Árbol estaba tomando altura, cada vez más arriba, más arriba y más arriba...

La primera vez que advirtió esto fue porque al mirar hacía la tierra donde hundía sus propias raíces, observó más abajo que una ardilla lo estaba mirando, pero lo hacía levantando mucho la cabecita.

"Si levanta tanto el cuello... es que me está mirando desde abajo. Eso es que me  estoy moviendo hacia arriba..." Y se puso contento. 

Una mañana, después de varias semanas con tormentas en el bosque, rodeados de un vendaval feroz, con nieve, hielo y ventisca bramando continuamente, por fin se calmó el ambiente. La ventisca se detuvo, y todo quedó en silencio.

Lentamente las nubes se abrieron en el cielo e inesperadamente un calorcillo agradable y permanente se instaló en las ramas de Joven Árbol.

De pronto, se sintió deslumbrado por una luz cegadora e inspiradora que activó toda su savia. Y pasaron los minutos y ese calor y esa luz ya no se marchaban, seguían y siguieron durante días. Por primera vez, desde que llegó a este bosque, Joven Árbol había crecido tanto que había asomado sus ramas más altas por encima de los árboles a los que antes consideraba más grandes, y la luz del sol lo iluminaba permanentemente. Ahora él era como ellos, incluso más grande que ellos.  Lo había logrado.

Toda su paciencia había dado sus frutos y lo que tenía que ser fue hecho: su misión de Vida estuvo cumplida.

Joven Árbol era ahora un enorme abeto de 20 años de edad.

Llegó el verano y la tranquilidad de las tardes de calor suave. Una de estas tardes Joven Árbol pudo escuchar un rumor más abajo de él, cerca de sus raíces.

Prestó más atención y pudo escuchar a alguien quejándose:

"¡No te acerques tanto, me estas tocando demasiado!" "¡Oh, vamos, que dices, eres tú! ¡Aléjate de mí un poco!", respondió otra voz a continuación.

Eran dos pequeños arboles jóvenes, recién salidos de su cascarón de semilla, que el destino había hecho nacer muy juntos uno cerca del otro.

En ese instante Joven Árbol supo que tendría que enseñarles durante todo el verano, el arte de la meditación, de la paciencia de ser uno con lo que es.

Y se rió, y su risa feliz y sabia recorrió todo el bosque.

EL FAVOR DEL MAESTRO

TERESA TOMÁS
Tercer Premio

Estaba un maestro guiando la práctica de Abhijay y Abhiman, sus dos discípulos: «Recoged el mentón suavemente hacia la garganta, doblegando vuestra ambición», dijo. «Exhalad, uniendo las palmas de las manos en el centro del pecho, y, desde este gesto de amor, comenzad vuestros cinco ciclos de Surya Namascar.»

Abhijay, que se sabía ágil y flexible, se afanaba por deslumbrar a su maestro con su acrobática práctica de ásana y vinyasa.

El maestro observó la práctica de ambos discípulos con ecuanimidad, y permaneció en silencio.

Al día siguiente, pidió el maestro a sus discípulos que le entregaran los trabajos de filosofía que les había encomendado. Abhijay, orgulloso de sí mismo, se apresuró para entregarle el vasto trabajo que con tanta dedicación y esmero había realizado.

El maestro recogió los trabajos de ambos discípulos con neutralidad, y permaneció en silencio.

Al no hallar ninguna señal de complacencia en su maestro, Abhijay comenzaba a incomodarse.

Al cabo de los días, pidió el maestro a sus discípulos que le expusieran verbalmente los motivos de su práctica de yoga. Expuso Abhiman sus motivos, y a continuación expuso Abhijay con altivez los suyos, pues los consideraba más elevados y dignos de un buscador espiritual.

Escuchó el maestro a sus discípulos con imparcialidad, y se retiró en silencio.

Abhijay, cansado de no hallar reconocimiento, premio ni halago alguno por parte de su maestro, decidió marcharse.

«Maestro», expuso Abhiman aliviado, «gracias por liberarme de este molesto compañero.»

Abhijay y Abhiman son en realidad un único discípulo. Abhijay representa el ego, practicando desde la ambición, el apego y la búsqueda de reconocimiento. Abhiman, el ser. El sabio maestro sabe que flaco favor le haría al discípulo alimentando su ego, pues no hay lugar en la práctica para este fatigoso personaje.

LA CITA

DANAGAWIDA
Cuarto Premio

Eran  los últimos días de Octubre.

Había decidido pasar una semana en la vieja casa que antaño había visitado con frecuencia durante los calurosos días de Agosto. Se encontraba situada en lo alto de una loma, lejos del pueblo.

Un pequeño camino rodeado de árboles frondosos que empezaban a perder sus hojas, subía serpenteando hasta alcanzar la entrada.

Por detrás de la casa, una estrecha senda descendía sinuosa por el borde del acantilado hasta la playa solitaria que tantas veces había disfrutado con sus amigos.

Pero esta vez era distinto.

Había ido a aquel lugar que le inundaba de paz porque quería recibirla en un lugar especial.

Quería que conociera aquel paraje en el que tan buenos momentos había pasado.

Al anochecer, cogió una linterna, se puso el viejo abrigo gris y el gorro de vivos colores que durante su juventud le había acompañado en sus viajes a distintos lugares, apagó las luces de la casa, y cerró la puerta tras de sí.

Bajó las escaleras del porche, y se detuvo un instante.

Miró hacia arriba.

El Gran Astro se había escondido hacía tiempo, y la luz de la dama nocturna brillaba en el cielo.

Redondo, su cálido rostro, iluminaba la senda que bajaba a la playa.

Decidió dejar la linterna colgada de la barandilla del porche.

Bajó lentamente, inhalando profundamente. Intentando captar por última vez el olor del salitre mezclado con el de las jaras.

De tanto en tanto, se detenía para admirar el brillo de la luna sobre la superficie del mar.

Finalmente, alcanzó la playa.

Se sentó en la orilla escuchando el rumor de las olas. Cerró los ojos y se dejó inundar de aquel momento.

Al cabo de un rato, un leve ruido le hizo abrir los párpados.

Alzó la mirada, y la vio aproximarse caminando hacia ella lentamente sobre los guijarros de la orilla.

Cuando estuvo a su altura, miró sus ojos, de mirada profunda, y le tendió la mano.

Aquel era el sitio justo donde siempre había querido encontrarse con ella.

Se sintió feliz.

EL ELEFANTE Y EL ROBLE

Olga Escudero
Quinto Premio

En una aldea era venerado un gran elefante, el cual, tras haber alcanzado la edad de doscientos años, se hallaba viejo y fatigado. Corría el rumor de que tal longevidad se debía a los cuidados que los aldeanos le procuraban. Diariamente acudían a acicalarlo y restregarlo con trenzados de palmera y lianas de bambú; durante el baño, los niños trepaban a su lomo y desde allí se lanzaban sobre unos barreños colmados de agua; más tarde, las mujeres lo secaban y perfumaban con canela y varas de jazmín silvestre. Tanto eran los mimos y las atenciones, que el animal se resistía a abandonar este mundo.

Al llegar la noche, cuando los aldeanos dormían, el elefante aprovechaba para alimentarse. Bajaba lentamente hasta el arroyo y allí bebía el agua necesaria, luego se acercaba a los plataneros para engullir gavillas enteras de plátanos. Y así fue prolongándose este escenario, hasta que un día el elefante murió.

Como era de esperar, todos lamentaron profundamente su muerte, y sólo al cabo de muchos meses sintieron la necesidad de remplazarlo por otro. Aquella, sin embargo, era una época de gran escasez, y en aquella parte de la India no quedaba un solo elefante en estado salvaje, por lo que no tuvieron más remedio que encontrar una alternativa.

Hubo largos concilios y agitadas reuniones para escoger al sucesor más digno. Tal honor correspondió a un alto y majestuoso roble, de hojas verdes sobre ramas que se extendían y bifurcaban por toda la frondosa copa, formando entre ellas pasos comunicados para transitar por su interior con comodidad. El tronco tenía el diámetro de seis hombres fornidos, y su talla y porte hicieron pronto olvidar la ausencia del viejo elefante.

Se plantó en el mismo lugar donde solía reposar el animal, y en breve el cortejo de atenciones y cuidados volvió a reanudarse. Primero purificaban la corteza con agua de laurel y mucílagos de las algas del río; sobre cada hoja untaban una base de jugo de lúpulo, para intensificar su brillo. Luego los niños subían a la copa y se colocaban sobre los barreños de agua, como hacían con el elefante, besaban las hojas brillantes y limpias y se lanzaban henchidos de felicidad. Abajo, las mujeres procedían con su labor de almizclado por medio de inciensos nobles y penetrantes.

Todo parecía ir como la seda, hasta que al finalizar el primer año comenzaron a aparecer los primeros signos de preocupación. El roble, lejos de prosperar, iba deteriorándose con suma rapidez. Las hojas se amustiaban sin mayor explicación, hasta las ramas parecían afectadas y sin vida, y sólo el tronco daba sensación de resistir, aunque había perdido el lustre y la corpulencia del primer día. La cima de esta situación se alcanzó cuando una mañana el árbol amaneció completamente transformado. En la copa ya no había hojas, las ramas eran ahora como de esparto polvoriento, y el tronco había menguado y perdido por completo la corteza.

Ante estos acontecimientos, se optó por requerir los servicios de una experta, alguien que pudiera aportar un poco de claridad a este extraño suceso. Partió en consecuencia un emisario al mercado de la ciudad, regresando a las dos semanas con una anciana y reconocida perita de árboles.

«Se trata de un caso bien extraño», dijo, «lo primero que debéis saber es que vuestro roble no está muerto, sino invertido.» «Estos árboles ancestrales poseen una antigua sabiduría y en ocasiones presentan cuadros que rozan la mismísima hechicería», la anciana hizo una pausa, miró a su alrededor y siguió hablando frente a un público sobrecogido: «la copa y las hojas no han perecido, tan sólo yacen bajo tierra, y las raíces han dado un giro y se encuentran en la superficie, a la espera, sin duda alguna, de recibir alimento».

Antes de regresar a la ciudad, la decana de los árboles dijo unas últimas palabras: «entended que lo más importante es nutrir las raíces, en caso contrario ni todas las atenciones del mundo, ni todo el cariño, pueden hacer nada. Vuestro elefante acudía, mientras dormíais, al arroyo, para beber agua y saciarse de plátanos, y de ese modo podía recibir vuestros regalos y atenciones con sumo agrado; de ahí que alcanzase tal longevidad. Pero en cambio al roble no le es dado hacer lo mismo, y estando, como estamos, en medio de una grave época de sequía, necesita, antes que las chanzas y los cuidados, el sustento básico, sin el cual ya habéis visto que no ha sobrevivido ni un año. Pensad en todo esto que os digo, porque todo tiene remedio mientras no ha concluido».

Los aldeanos aprendieron la lección y comenzaron a regar las raíces del roble, absteniéndose de realizar otras tareas. Mantuvieron la calma, y pasado un tiempo encontraron una mañana al roble en su posición natural, reverdecido y fuerte como nunca antes lo había estado.

UN HOMBRE CORRIENTE

Luisa Villena
Sexto Premio

Hacía tiempo que no pensaba en ello. Claro, ya no habitaba en su mente. El se tenía por un hombre corriente, incluso exitoso, por eso mismo, corriente, que ya sabía él que lo corriente sólo te da esa alternativa y la del fracaso, y aunque había intentado zafarse de ambos no lo había logrado del todo, aunque vislumbraba estar en el camino que deshiciera estos cada vez más insignificantes condicionamientos.

Pero ahí estaba, otra vez sucumbiendo; esta vez le pilló desprevenido. No esperaba verse defendiendo un abuso infantil, lo malinterpretaron, no era eso lo que él decía, pero una vez despertó su recuerdo necesitó defender la vida que se había labrado gracias al olvido y un arduo entrenamiento que cada día hacía con menos resistencias.

En la cena alguien sacó ese tema por algo ocurrido en el barrio recientemente y una y otra vez repetían aquello de “Estas cosas no deberían ocurrir”. Y, claro está, no deberían, pero algunas veces ocurren, a él le había ocurrido, aunque jamás quiso hablar de ello hasta conocer a Martina y que ella le abriera la puerta a ese mundo desconocido y sus propios sentidos.

Cuando la conversación se aceleró y subió la temperatura de la sala, en un hueco se coló un breve silencio, y él pudo sentir su emoción, respirar con ella, y por fin reconoció la tranquilidad dentro de sí mismo y se hizo uno con esa calma.

Este instante lo es todo, lo sitúa todo, lo cambia todo.

No en vano, Martina le había mostrado bien el arte de no quedar atado a “Esto no debía haberme pasado” o “Esto debería ser de otra manera", para dejar libre su mente-corazón. Ella también le dijo que podía pasar esto, le habló de los pasos intermedios, que la memoria podía despertar en algunas ocasiones hasta que hubiera soltado las creencias que estaban leyendo y creando su vida. Él había fantaseado con que estaba más avanzado en la práctica de no atar su mente a la pretensión de saber lo que era mejor y a no mantenerse aferrado a una idea que no es posible, porque lo que pasó ya había pasado, y, si no soltaba la atadura, las emociones lo arrastrarían hasta la tumba en lugar de permitirle sentir cada instante presente. Fue más sencillo aplicar las enseñanzas con otros temas, pero ella siempre le decía que debía de aplicarlas todos por igual. No era fácil, pero ella no le mintió en eso ni en nada y aunque él ya no pretendía que la cosas fueran de otro modo, acaba de constatar que todavía quedaba mucho por no hacer.

Soltar el pasado, no comprar el pasado a cambio del presente. Soltar el futuro, no creerse las ideas de futuro a cambio del presente. No ocultarse, dejarse libre, vivir ahora.

Se recobró más pronto de lo que se hubiera imaginado, ese instante verdaderamente lo cambió todo, y entonces explicó mejor su postura. La frase que tanto le había costado sacar de su mente le había hecho ponerse nervioso pero, claro, ellos no podían saberlo porque aunque eran amigos de la infancia nunca había hablado de ello por su deseo de que no hubiera ocurrido. De repente, se vio a sí mismo contando su historia con naturalidad y nadie hizo un gesto de más ni de menos.

Se sintió realmente honesto, pero no por el hecho de contar ese suceso de su infancia, en realidad él sabía que esto era lo de menos, sino porque su arrebato inicial le mostró el tesoro de contemplar dónde todavía le habitaba la tensión y pudo disfrutar el darse cuenta de ello. Y porque, no menos importante, había bajado su nivel de deseo hasta permitirse sentir, sin reprimirse ni dejarse arrastrar por la emoción, lo cual le había permitido escuchar el instante y dejarse llevar.

El ya no era un hombre corriente, había dado un paso más hacía la bendita incertidumbre.

EL PEREGRINO

Lorena Hernández
Séptimo Premio

Lo primero que llama la atención es el frío y la inmensidad inabarcable del paisaje, un desierto blanco que se extiende a mi alrededor como un océano de dunas interminable, tan reluciente a la luz del sol que me produce destellos en los ojos, que entrecierro para poder caminar. El suelo es quebradizo, como un cristal gigante de apenas unos centímetros, por lo que piso con cuidado. Cada paso encierra la fina línea que separa la vida de la muerte, pero aunque cueste imaginarlo no siento miedo. Casi al contrario, soy consciente de mi fragilidad, lo que me hace estar despierto, vivo, presente. Entonces me detengo y lo percibo. No sabría describirlo con exactitud, viene como una oleada cálida e imparable, una certera sensación de familiaridad que habla directamente al centro de mi ser.

Es una imagen que se repite frecuentemente en mi cabeza, cuando me dejo caer y el sueño se adueña de mi cuerpo. Entonces me permito vagar por ese paisaje infinito de montañas heladas y surcos blancos, y sin saber como, me adentro en un campo profundo y sereno, tan antiguo que las palabras y los sonidos no tienen significado alguno, pero el lenguaje es claro y firme. Saboreo la quietud de la distancia, la belleza de lo remoto, la sencillez de la línea y del círculo. Siento un fuego lento que recorre mis entrañas y percibo que mi soledad es vacía, porque ya no existe. Permanezco en ese estado hasta que un ruido que es como un tambor me devuelve a la realidad. Decenas de manos se abren y se cierran golpeando el cristal, pidiendo en una especie de ofrenda macabra que les preste atención.

Luego vienen los molestos destellos, pequeños haces de luz que me deslumbran y desorientan. A veces creo ver en ellos los reflejos de las imágenes que se proyectan en mi mente; después me doy cuenta de que tan solo ha sido un espejismo. No logro entender cual es la finalidad de tal ritual, todos los días el mismo procedimiento. Llegan, me observan detenidamente, me disparan con esos puntos de luz y se van, hordas de seres con rostros similares siguiendo un mismo patrón de comportamiento. Antes trataba de encontrarles un significado. Les miraba directamente a los ojos, tratando de descifrar el enigma a tan extraña manera de actuar, pero finalmente he desistido. No he logrado comprender el secreto que se esconde tras sus máscaras uniformes.

Sé que esta jaula de cristal no me pertenece. A veces me vienen recuerdos de otro tiempo, de un mundo cautivo, pero con cielo, aire y tierra. Y mis padres. Ellos también están presentes en mi memoria. No fue fácil desde un principio, siempre poniendo límites a nuestros movimientos y acciones. Pero podía respirar y oler el viento, iluminarme con los primeros rayos del sol, y sobre todo, compartir momentos de plenitud con mis iguales. Ahora eso ya no me es posible, y no puedo expresar de ninguna forma el desgarro que me produce por dentro, siempre en este reducido cubículo de 40 metros cuadrados, una cárcel de cemento y lunes de neón.

Sin embargo, hay algo en mi naturaleza que no se rinde, aunque mis ojos y mi semblante trasmitan tristeza y apatía. Trato de mantenerme fuerte, desplazándome en este pequeño cuadrilátero, desvaneciendo la ira, volando lejos hacia el desierto helado. Aunque me hayan bautizado como ‘el oso polar más triste del mundo’, sé que hay esperanza más allá de estos muros. Un sabio inuit, de las tierras de las que provienen mis antepasados, dice que somos ‘los grandes peregrinos’, porque podemos recorrer las distancias más largas sin desistir, fuertes, vigorosos, y con gran fuerza de voluntad. Y a esa imagen me aferro.

Nací en cautividad en Tianjin, una ciudad situada al norte de China, a orillas del río Hai, en su desembocadura en el mar de Bohai. A pesar de los límites impuestos desde mi llegada a la vida, o precisamente por ellos, aprendí a apreciar y capturar cualquier momento que me brindaba el día, como pequeñas instantáneas que coleccionaba en mi memoria: las tonalidades de los árboles y sus cambios de color, las distintas densidades y temperaturas del aire, los mágicos y tiernos sabores de los alimentos, o la maravilla que suponía ver la luz del sol reflejada en las aguas del lago. Pero especialmente y sobre todo, aquello que me aportaba más satisfacción era poder compartir momentos de paz con mis seres queridos. No hacían falta las palabras, tan solo una mirada o una sonrisa polar eran suficientes.

Mis padres me hablaban del Ártico, de las montañas blancas, del frío y del estilo de vida que llevaron nuestros antepasados, y atesoré esa imagen en mi interior, como una gran perla de esperanza, convertida en fuerza que me daba un impulso en los instantes en que parecía decaer. Después todo se truncó. Llegó esa sensación viscosa en el estómago, como una araña de mil patas que se adentran en lo más profundo de mi cuerpo, retorciéndose en una espiral de angustia. Y aquí estoy, en esta pequeña jaula que se exhibe como un trofeo en un perdido centro comercial de Catón. 

Desde entonces es como si los días fueran en blanco y negro. Transcurren como nubarrones borrosos y monótonos, indistinguibles en en el espacio y el tiempo. Podría decir que me he acostumbrado a esta apatía, pero no es cierto. A pesar de todo, sigo teniendo esperanza. Sé que detrás de estos rostros sin rasgos apreciables hay algo que hacer, caminos por descubrir. Lo supe cuando vi la mirada de aquel niño. Era un ser pequeño, insignificante en medio de la marabunta de personas, atosigadas por llegar lo más rápido posible, por adquirir el último producto recién lanzado al mercado. Fue tan solo un instante en el que nuestras pupilas se cruzaron. Entonces fue cuando lo supe.

Una gran luz apareció ante mí, de nuevo una oleada cálida e inabarcable, de una certeza absoluta, que se adentró en lo más profundo de mi ser, inundándome de confianza. No sabía por qué, pero lo sabía. Tampoco conocía cuando ocurriría, pero algo cambió en mi interior, los días dejaron de ser grises, porque el desierto blanco de mis antepasados estaba más cerca que nunca, al igual que la vuelta a mi hogar, con los míos. “Sé como el hielo, transparente, pero capaz de atraparlo todo en su interior”, dice un proverbio inuit. Yo añadiría: No pierdas la fe; un simple gesto puede contener la chispa que cambie tu mundo. Y así fue.

LAS PERSEIDAS

Belén Pedraza
Octavo Premio

Aquellos días era todo un espectáculo contemplar las Perseidas, que durante horas pasaban una tras otra ante sus ojos bajo el cielo del desierto de Tatacoa. Era su momento de estar en paz sin pensar en nada más. Se descalzaba, se tumbaba por completo en aquella tierra árida y sentía que su cuerpo formaba parte de aquel desierto. Había sido un día duro pero productivo. Después de la escuela, solía pasar horas en el museo del Totumo junto con su maestro Don Gabriel.

Descubrió aquel museo hacía meses fortuitamente, y desde entonces no pasaba un sólo día que no pisara esas salas en las que tanto había aprendido del Totumo, un árbol tropical cuyo fruto utilizaban para hacer artesanía.

Cuando el fruto ya estaba curado, pues requiere una preparación previa, estaba listo para lijarse y limpiarse. Y así es como pasaba las horas Sebastián, aguardando que el fruto estuviera listo para después trabajarlo y pensar en nuevas formas de artesanía. Iba mejorando mucho con el tiempo y ya era capaz de diseñar preciosos fruteros, centros de mesa o cuencos.

Apenas tres segundos y cada una de esas estrellas desaparecía para siempre.

Sebastián quedaba absorto contemplándolas, admirándolas. ¿Había una mejor manera de abstraerse de todo y de todos?

Si pudiera pedir un deseo (se suponía que podía pedir uno al ver a las Perseidas), hubiera pedido que no desaparecieran nunca.

– Ojalá cada estrella pudiera seguir dejando su estela continuamente –pensó.

Esta inquietud le siguió visitando los siguientes días. «¿Por qué no podrán seguir brillando eternamente?» 

Corrió hacia Villavieja en busca de su querido maestro Don Gabriel, pero no estaba en casa. Su esposa abrió la puerta.

– Sebastián, pequeño, qué alegría. Imagino que buscas a Don Gabriel. No está en casa. Está en el museo del Totumo, como de costumbre.

Igual que había venido, se marchó corriendo en busca de Don Gabriel.  

– Sebastián, ¿qué ocurre? Vienes sudando y tu semblante parece de preocupación.

– Maestro, no entiendo por qué las estrellas fugaces tienen que desaparecer. Es tan breve el tiempo que lucen y tan breve el momento que podemos disfrutarlas...

– Querido Sebastián, lo creas o no, todos somos una especie de estrella fugaz. Todo y todos cambiamos continuamente y es imposible permanecer en un mismo estado sin cambiar.

Nuestro mundo, nuestros pensamientos, nuestros cuerpos... todo es impermanente. Y escúchame bien, porque aferrarte a lo contrario te hará infeliz, pequeño. Sin embargo, si encuentras la magia de cada instante, si entiendes que nada permanece, serás la estrella más feliz.

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